5 de septiembre de 2008

El Equilibrista (La Luz Segadora)


Estos dos meses de mi vida han sido los días más contrastantes entre sí desde hace mucho tiempo...

No sé si está en mi naturaleza, en mi egolatría o en mi desesperación, la necesidad de especificar las cosas al grado tal que le dé vueltas y vueltas para que, al final, ni yo mismo pueda entender nada... pero bueno... supongo que cuando un mundo gris al cual estás habituado a sobrevivir comienza a dejar de girar para descubrir que en su ruleta de vida el giro vertiginoso sólo escondía una paleta de colores, nunca te acostumbras rápidamente.

Después de mucho tiempo de oscuridad adornada con apenas algunos signos de resplandor entre la bruma, vi la luz de una forma tan pero tan inmensa, que simplemente me quede ciego.

Ciego para percibir que aún cuando las sombras no se despegan de tu cuerpo, no son capaces de levantasrse del suelo y cubrirte por completo, ciego para entender que el camino no era el mismo de siempre y no tenía que saltar los abismos que a veces uno mismo se construye. No eres capaz de percibir que las cosas no son como tú creías que eran.

Pero, al mismo tiempo, dicha ceguera no sólo bloqueó mi visión de un mundo distinto, sino que también me ayudó a aumentar mis sentidos al grado de entender que esa oscuridad que mis ojos percibian y que por años y años han percibido hacia adentro y hacia afuera, no existen en la magnitud que uno cree... no importa si cierras los ojos, el que no la veas, no significa que la luz no esta ahí. No importa que las nubes bolqueen el manto de la noche. No importa que en tu cercanía no halles nada, pues millones de astros iluminan y perforan tu infinta y lóbrega cubierta, lo desees o no, lo entiendas o no... entonces, el estar ciego te ayuda a darte cuenta de que no estás tan perdido como crees.

A pesar de las noches silentes en vela, a pesar de que mis ojos regresan a la normalidad después del flashazo que ya se ha ido, el golpe fue muy profundo... creí estar despierto a la vida, creí no tener más vendas alrededor de mis sienes, pero solo decubrí que aún hay más velos que deben caer de mi cabeza.

Y, oh, por supuesto, qué más quisiera que todos creyeran que la mascarada de la bestia indomable, del dios furioso, del tronco inamovible sigue en pie y que el paso es tan firme como siempre... pero no... acostumbrarse a caer y a los madrazos que te das cada que te atreves a volar y fracasas, nunca dejan de doler, no importando que tan grande sea tu experiencia en aterrizajes forzosos. El precipicio no pierde su profundidad sin importar que ya no estés en él.

Pero, a pesar de todo, a pesar de que sabes que aquella ráfaga de luz se ha ido y que tal vez no vuelva, la oscuridad en la cual terminas no es igual que aquella en la que te encontrabas antes... ahora tienes fe.

Ahora sabes que vale la pena arrastrare hacia afuera de tu agujero mental. Ahora sabes que tus propios amarres, aquellos a los que siempre achacaste tu inmovilidad, tal vez no son tan gordianos como tú quisieras. La luz te dejó ciego, pero justo antes, de eso, te mostró la belleza de SU luminosidad y el alcance de tu propio resplandor en vias de encenderse... y eso es algo que jamás olvidaré y dejaré de valorar.

No sé si tengo la fuerza o la esperanza de correr y no parar hasta alcanzar el fulgor que se aleja de mí. Sé bien que vale la pena (no importa cuanto se esfuerce éste en decirme lo contrario), se bién que quiero aniquilar esta oscuridad a mi alrededor con su luz. Mas no sé si su destino y primordialmente su voluntad, sea volver a cruzarse en mi camino. Y eso es precisamente lo que me hace detener mi persecución.

Atónito, incrédulo, adolorido de semejante de caída pero feliz del trayecto y, principalmente, todavía deslumbrado, espero una señal...

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